CAPRILES CORAZON DE VENEZUELA

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CAPRILES CORAZON Y FUTURO DE VENEZUELA

sábado, 15 de mayo de 2010

El metro de Caracas, la solución que ya es un problema

Es una imagen recurrente. Al abrirse las puertas del tren, los pasajeros que intentan abordarlo con paso decidido retroceden repentinamente haciendo un gesto de asco, expulsados por la desagradable sensación de los vapores humanos concentrados en el vagón, atestado de pasajeros y sin aire acondicionado. De ser «la gran solución para Caracas», el metro se ha convertido en un problema: andenes congestionados, vagones fuera de servicio y fallos en el aire acondicionado, en las escaleras mecánicas, en los torniquetes de acceso, en las máquinas expendedoras de billetes. Sobre todo, lo peor es la pérdida de ese comportamiento cívico que, desde su inauguración en 1983, le había caracterizado.
Entonces se llegó a hablar de la cultura metro, que transformaba en ciudadanos ejemplares a individuos que escaleras arriba, en la calle, incumplían con desvergüenza las normas mínimas de convivencia. Entrar en el metro era como viajar a otro país en el que todos caminaban por la derecha y cedían su asiento a ancianos y mujeres embarazadas. Nadie lanzaba un papel al suelo, ni alzaba la voz, ni empujaba a otro.


Expendedoras averiadas. ÁNGEL Bermúdez
Los modernos trenes, las instalaciones limpias y la amabilidad de los empleados llevaron a los caraqueños a presumir de tener el mejor transporte subterráneo del mundo. Era un motivo de orgullo, la prueba de que los venezolanos podían disfrutar de servicios públicos de calidad y mostrar un civismo propio de países desarrollados. De tanto escucharlas por los altavoces de estaciones y trenes, los usuarios habían hecho suyas normas de comportamiento, como «dejar salir es entrar más rápido», que se cumplían a rajatabla para evitar la desaprobación del resto de pasajeros.
Pero la falta de continuidad administrativa en el metro, reflejada en el nombramiento en los últimos 11 años de igual número de presidentes, unida al incremento en la cantidad de usuarios, que pasó de 253 millones en 1999 a 484 millones en 2009, han hecho mella. Vendedores ambulantes, mendigos y carteristas ahora abundan. Las denuncias de robos, antes casi inexistentes, son cotidianas y se han dado situaciones extremas como el atraco colectivo en un vagón realizado en enero pasado por tres delincuentes armados con pistolas.
Abordar un vagón en horas punta es casi una misión imposible, pues muchas veces solo se consigue tras dejar circular hasta una decena de trenes y haber perdido casi una hora. Es un problema que pasajeros como Ender Ramírez, quien diariamente debe hacer un recorrido de 60 minutos pero que le toma el doble, solucionan saliendo hasta una hora y media antes de lo requerido. Así, los largos minutos que perdía esperando a poder subir a un tren los puede dedicar a navegar por internet en su oficina, mientras aguarda al inicio de su jornada laboral. Es una manera más amable de emplear su tiempo, en lugar de quedarse de pie en el andén, mirando los avisos publicitarios del Gobierno, prácticamente los únicos que hay, como esos en los que se muestra al presidente Chávez abrazando y besando a personas anónimas junto al incomprensible lema de Venezuela, de verdad.